Cuando se trata de película de Zeldasiempre tendemos a oscilar entre dos emociones contrastantes: por un lado, la euforia incontrolable de quienes llevan décadas esperando una transposición en live action digna del mito, por otro, ese escalofrío que nos recuerda rápidamente lo que sucede cuando Hollywood pone sus manos en un ícono de los videojuegos. Y ahora que el primeros disparos del setestas dos sensaciones vuelven a chocar.
El material mostrado (fragmentos robados, imágenes de teléfonos móviles mostradas) Bo BragasonPrincesa Zelda) no es suficiente para juzgar una obra de esta magnitud, pero sí para alimentar interminables discusiones. Por un lado, hay quienes juran haber vislumbrado el espíritu de Hyrule en esos pocos segundos, por otro, quienes ya ven la sombra del fracaso, la transformación de la imaginación zeldiana en una fórmula taquillera como tantas otras, sin esa elegancia silenciosa que siempre ha caracterizado el viaje de Link.
Porque si es innegable que ver los primeros movimientos de cámara, el vestuario, la atmósfera creada en el set puede generar una chispa de esperanza, es igualmente evidente que una marca como Zelda no puede permitirse medias tintas. El riesgo es enorme: basta con equivocarse en el tono, en la dirección artística, en la música, incluso en el ritmo de los diálogos, y todo se viene abajo.
El cine, cuando decide abordar los videojuegos, muchas veces tiende a simplificar, a redondear los bordes, a hacerlo todo más complaciente. Pero Zelda no se muestra complaciente. Zelda es misterio, silencio, caminos que nadie te dice, intuiciones que tienes que construir por tu cuenta.
Es un lenguaje que se alimenta de sustracciones, no de excesos. Y es legítimo preguntarse si una película realmente puede preservar esa magia sin traicionarla por las necesidades del mercado.
Las primeras tomas, al final, no aclaran nada. Y tal vez sea lo mejor. Porque la espera, en el caso de Zelda, es parte integral del mito. Y cada fotograma robado del set es un recordatorio: ésta no es una película cualquiera, es un salto al vacío. Uno de esos que, o aterriza con gracia, o corre el riesgo de convertirse en la mayor oportunidad perdida en la historia de las transposiciones de videojuegos.